EL BÚHO, MATAR...PLACER DE LOS DIOSES

Capítulo 11

El día llegó al fin, el día de la venganza. Nadie, absolutamente nadie se burlaba de él y si alguien lo hacía, la muerte sería su castigo.
Imanol se levantó de buen humor, actitud que complació a Talibah. Desayunó con apetito y comentó con la egipcia alguna de las noticias que se encontraban en la primera plana del diario "El Occidente".
_ Parece que el Ministro de Fomento, Claudio Moyano, ha logrado la aprobación de la Ley de Instrucción Pública...¡Bien por él! _ festejó.
_ ¿A qué se debe tu algarabía? ¿Qué importancia tiene? _ Talibah no entendía sobre cuestiones de política, sin embargo esa mañana Imanol le dedicó tiempo para ilustrarla.
_ Esta Ley es una puntapié directo en los "cojones" a nuestra santa madre la iglesia _ se rió, Imanol odiaba a los moralistas sacerdotes que siempre tiraban la primera piedra, que siempre veían la paja en el ojo ajeno. Fue su confesor, el santísimo padre Pedro, quien lo violó cuando tenía ocho años. ¡Cuánto miedo, asco y vergüenza sintió! Nunca lo contó, ni siquiera a Talibah. Desde aquel terrible momento jamás volvió a pisar una iglesia. Ni los gritos autoritarios, ni los horribles castigos que le impuso su padre pudieron hacerlo cambiar de parecer.
_ Con esta Ley la educación queda en manos del ayuntamiento desplazando a la Iglesia. Esta noticia hace de este día aún más glorioso _ exclamó entusiasmado.
_ Te noto de muy buen ánimo, ¿qué sucede? ¿Algo que tendría que saber? _ lo tanteó.
_ Como una vez te dije, a su debido tiempo lo sabrás. No seas tan curiosa Tali. Y ahora llama a Manuel.
_ ¡Otra vez Manuel! Basta de tanto secreto y dime que te propones _ explotó la mujer. Ella temía lo peor, que Imanol reincidiera en el secuestro de niños a los que violaba y mataba para luego disecar sus cadáveres, objetos de sus investigaciones.
Imanol se levantó de la mesa y caminó lentamente hacia el ventanal que daba al jardín. Paseó su mirada por los ciruelos en flor. Los pétalos naranjas de las flores de la granada entrelazadas con el azul de las campanillas robaron su atención. Arbustos de rosas amarillas se diseminaban a lo ancho y a lo largo del extenso terreno salpicado de geranios morados y claveles rojos. El estallido de colores actuó en su cerebro con la potencia de su droga favorita, el opio, calmando la ansiedad que reptaba taimadamente por sus venas a través del caudal sanguíneo. Sintió el conocido escozor en los dedos que delataba su excitación por abrir un cuerpo y descubrir sus misterios. Pero no debía apresurarse, la prudencia era lo primordial en la ejecución exitosa de su plan.
Talibah lo vio volverse hacia ella con una sonrisa cruel, esa que ella conocía tan bien y que era presagio de muerte.
_ Querida Talibah, vuelvo a repetirte, ¿puedes llamar a Manuel? _ se detuvo muy cerca de ella y la miró desde toda su altura. Lejos de sentirse pequeña ante la intimidación, la mujer le sostuvo la mirada con determinación. Así se mantuvieron durante unos largos minutos, midiéndose. Finalmente Imanol rompió en una carcajada.
_ Eres tremenda Tali. Está bien, me has vencido y debes sentirte orgullosa, tú eres la única que puede hacerlo _ dijo sentándose nuevamente a la mesa. Se sirvió un café, lo paladeó y continuó:
_ Voy a secuestrar y matar al mal nacido de Juan Bravo Murillo...y Manuel me ayudará a lograrlo. ¿Estás satisfecha bruja entrometida? _  expresó con cariño.
_ Me parece bien. Ese viejo pedante te ofendió en tu propia casa y delante de tus invitados. ¿Por qué me mantuviste al margen? Sabes que siempre estaré de tu parte ayudándote y, ¿por qué has involucrado a Manuel? Es un muchachón inocente y torpe. No quiero que le hagan daño _ se despachó Talibah con preocupación.
_ No lo sobre protejas. Manuel es cándido pero no tonto. Durante varias semanas estuvo vigilando al jurista. Gracias a sus pesquisas conozco todos sus movimientos, sus costumbres y los lugares que frecuenta; cuales son sus gustos sobre mujeres y comidas, con quien vive, a que hora sale y a que hora regresa a su casa. Manuel lo ha hecho muy bien _ concluyó. El café estaba delicioso pero no tanto como la Harshasha, el té de opio que le preparaba Talibah. Tomó un sorbo y lo apartó.
_ Es que para mí siempre seguirá siendo el niño indefenso y maltratado que hallé aquella mañana fría en las caballerizas. Entiéndeme Imanol, temo por él. Me duele más a mí que a él cuando se burlan de su aspecto. Cuando lo lastiman, Manuel desaparece por horas, se esconde para llorar. ¡Semejante grandulón llorando como un niño pequeño! Me parte el alma, Imanol _ Talibah, lamentándose, se cubrió el rostro para ocultar las lágrimas.
_ ¡Quién osó burlarse de Manuel? Dímelo ya Talibah, ese maldito conocerá mi cólera _ se arrebató el Marqués.
_ Muchos han sido y todos han recibido su castigo. Como tú, yo también tengo espías. Fueron ellos los que me señalaron las personas que se mofaron de mi querido muchacho. La última que lo hizo fue la mujer del panadero. Se rió de Manuel cerca de la fuente en la Plaza Mayor. Y todo porque el pobrecito se atrevió a regalarle un clavel a Dolores, la moza de la taberna.
_ ¿Acaso esa tal Dolores lo despreció también? _ se encolerizó Imanol.
_ No, no, ella no. Pero ante las carcajadas de la odiosa mujer huyó despavorida _ le aclaró.
_ ¿Y Manu?, ¿cómo reaccionó?
_ Lo que siempre hace, agachó la cabeza y desapareció dejando detrás suyo un coro de risas burlonas.
Pero, escucha esto, a los pocos días la mujer del panadero y el mismo panadero junto a dos de sus empleados murieron envenenados. Al permanecer cerrado su negocio hasta el mediodía provocó inquietud en el vecindario cuando suelen abrir temprano en la mañana. La policía forzó la puerta y allí los encontró, tirados como cerdos en medio de su vómito en el piso de la casa.
_ Un fin bien merecido. ¿Quién los envenenó?
_ ¿Tú quién crees qué lo hizo? _ preguntó con picardía.
_ Bien hecho Tali, bien hecho _ Imanol la felicitó obsequiándole un beso en la frente._ Te prometo que nada le pasará a nuestro Manuel, él está bajo mi protección y quien ose molestarlo experimentará el infierno como lo hará esta noche el bastardo de Bravo Murillo por meterse con la persona equivocada. Y ahora llama a Manuel, por favor. Los tres puliremos los últimos detalles del plan. Nada debe quedar al azar _ Talibah fue en busca de Manuel y el Marqués encendió un cigarro. Amaba fumar mientras proyectaba la muerte de un enemigo.
Manuel se presentó agitado, sudoroso; entre sus manos su característica boina de fieltro azul que zamarreaba con nerviosismo.
_ Aquí estas, ¡por fin muchacho! _ Imanol lo recibió con una sonrisa que suavizó el regaño.
_ Corrí lo más que pude patrón _ dijo secándose con la manga de la camisa el sudor que le corría en las mejillas desde la frente.
_ ¡Su excelencia!, ¿cuántas veces debo corregirte Manu? Debes dirigirte  al marqués como "Su Excelencia" _ lo amonestó Talibah que entró a la sala detrás de él.
_ Deja que me llame como quiera. Vamos a la biblioteca, allí no hay ojos ni oídos fisgones _ Imanol encabezó la marcha. Al entrar, el marqués se apoltronó en un suntuoso sillón Luis XV. Talibah se apresuró a servirle una copa de brandy y Manuel permaneció parado, firme como una estaca, frente a su patrón.
Sin quitar la vista del líquido ambarino,preguntó con sorna:
_ Y bien, ¿dónde encontraremos esta noche al ruin Murillo?
_ Esta noche, como lo hace todos los martes, asistirá a un juego de póker en "El Matador" _ Manuel se refería al club en donde se reunían los caballeros de la alta sociedad y personalidades descollantes para despuntar sus vicios _ El martes pasado vi salir de allí a Pepete, ¡cuánto daría por verlo torear!, ¡Santa María, que gran torero es!_ manifestó excitado.
_ ¡No te disperses, pasmarote! ¡Me importa un reverendo cojón ese tal Pepete por más toros que haya estoqueado! Concéntrate en el viejo Murillo _ explotó Imanol _ Ahora dime, ¿hasta qué hora se quedará en "El Matador"?
_ Acostumbra quedarse hasta la una de la madrugada _ contestó lloroso. Le dolía que Imanol lo retara ya que lo adoraba y respetaba.
_ Excelente, ¡y basta de lloriqueos!. Ahora, manos a la obra _ los exhortó.
Esa noche, embozados en sus capas, Imanol y Manuel se sumergieron en un mar de sombras, sombras tenebrosas que los condujeron fielmente hacia el tugurio donde se embriagaba Murillo.
Encubiertos por el anonimato, esperaron con paciencia acodados en un callejón cercano, paso obligatorio del jurista para encontrarse con su cochero que dormía profundamente a una cuadra de allí.
_ Has actuado con presteza y astucia, Manuel. Te felicito _ el pecho del jorobado se hinchó de orgullo _ El muy necio bebió de un solo trago el vino que le diste sin sospechar que lo estabas drogando. Con la cantidad de opio que introdujo Taliba en la bota del carlón el hombre con suerte despertará al mediodía de mañana, y cuando lo haga no recordará absolutamente nada de lo sucedido _ continuó sarcástico el marqués.
Manuel escuchaba y asentía. Junto a su amo se sentía poderoso.
Pasadas las dos de la madrugada vieron un bulto que se acercaba. Se tambaleaba de un lado al otro como siguiendo el ritmo de un fandango.
_ ¡Ahí...! _ empezó a decir emocionado Manuel cuando Imanol lo calló tapándole la boca y le indicó con un gesto que hiciera silencio.
Murillo pasó delante de ellos sin verlos, la borrachera le empañaba no sólo la vista sino la comprensión.
Cuando se disponía a subir a su carruaje sintió un golpe en la cabeza que contribuyó a que finalmente perdiera por completo el sentido.
Manuel, sin perder tiempo, lo empujó hacia el interior del coche quedando despatarrado sobre uno de los asientos. Enfrentado a él se acomodó Imanol. Manuel tomó el lugar del cochero que quedó olvidado en medio de la acera. "Será un milagro que un caballo no se lo lleve por delante", pensó el jorobado y una sonrisa torcida se pintó en su rostro. Enseguida tomó las riendas y los caballos a la orden del látigo galoparon con dirección al laboratorio de la casa señorial.
En el interior del coche, Imanol observaba con agudeza a su víctima. Había odio en su mirada, también curiosidad. "¿Qué encontraré al abrirte del cuello a los cojones? Sin lugar a dudas, ¡inmundicia! Porque tú eres una basura, Murillo, y pagarás caro tu afrenta. Como dijo Maquiavelo: A los hombres hay que acariciarlos o destruirlos. Y yo te destruiré".
Una hora después el jurista, aún inconsciente, estaba tendido sobre una mesa rústica. Imanol, Manuel y Taliba lo rodeaban.
_ Quítale la ropa. ¡Toda! _ tronó Imanol y Manuel le obedeció con prontitud.
El marqués se quitó el gabán y arremangó su camisa de seda blanca. Manuel le alcanzó un par de guantes de caucho.
_ ¿Lista Tali? _ preguntó Imanol con el entusiasmo de un niño delante de su dulce preferido.
_ Lista.
_ Comencemos entonces. Manuel, abrele la boca y tú, Taliba dale de beber morfina...así...un poco más...¡¡suficiente! _ la egipcia dejó la botella sobre el aparador cercano a la mesa de operación y le alcanzó el bisturí que en ese momento le indicaba el marqués.
_ ¡Murillo!, ¿me escuchas? _ Imanol lo sacudió con brusquedad. La finalidad de la morfina era producir un estado de analgesia. La víctima sin perder la conciencia era capaz de comprender las preguntas y responderlas; la mandíbula conservaba el tono normal, así como la garganta y la musculatura de la lengua.
Imanol quería que Murillo viviera cada instante, cada corte. Quería que viera correr su propia sangre en las manos enguantadas de su verdugo.
El jurista entreabrió los ojos legañosos sin comprender lo que sucedía. Cuando logró enfocar su vista en el marqués intentó pararse pero la debilidad y las sogas que lo mantenían atado a la mesa se lo impidieron.
_ ¡Dios mío!, ¿qué es todo esto? _ balbuceó. ¡Marqués!, ¿qué se propone? _ lágrimas de terror brotaron de sus ojos vidriosos.
_ Simple. Voy a a cortarte de aquí hasta aquí _ dijo rozando el filo del bisturí sobre la ajada piel del hombre desde cuello a la ingle.
_ ¡Nooo! _ gritó y sacando fuerza de la desesperación se  sacudió tratando de romper las sogas que lo amarraban.
_ Todo lo que hagas es inútil. Tu destino está en mis manos y no te preocupes que nunca me tiemblan cuando disecciono _ y sin más lo cortó. Murillo jadeó aunque apenas sintió el filo del bisturí rasgando su piel. Sin embargo comenzó a temblar cuando vio la sierra acercarse a su esternón.
Con pericia Imanol serruchó el hueso. El jurista gritaba como un marrano. El marqués reía.
_ Separadores _ sin imprimir demasiada fuerza abrió el esternón dejando a la vista los pulmones y el corazón.
Murillo era testigo de su propia disección.
_ He aquí lo que me interesa, tu corazón. Mira Talibah con que rapidez bombea la sangre. Lástima que tú no puedas ver semejante milagro, Murillo.
El anciano, blanco como la cera, ya no gritaba ni pedía clemencia, se limitaba a llorar.
Manuel se acercó con cautela al cuerpo que continuaba respirando sobre la mesa. Miró sobre el hombro de Imanol lo que éste describía con tanta pasión.
_ El corazón es un órgano compuesto por distintos tejidos que al combinar sus actividades vitales dan como resultado su función propia. Y la función del corazón es bombear la sangre a todos los rincones del organismo. Observa Manuel como la sangre pasa por los pulmones,  recoge oxígeno y luego circula hacia el corazón. Mira, mira como la impulsa a todas las partes del cuerpo. Es emocionante, ¿verdad?
Manuel, con ojos desorbitados, asentía y sudaba. Talibah, de lejos, sonría orgullosa de la sabiduría del marqués.
_ En nuestro último encuentro te dije que te ayudaría a calmar el mal de la gota que te aqueja y eso haré. Te extraeré el corazón y ya no sentirás ningún dolor.  Hasta aquí llegó la lección de anatomía para ti, Murillo. Gracias por tu participación.
Y ante las facciones desencajadas del pobre infeliz, Imanol con unos pocos cortes precisos extrajo el corazón y lo apoyó en un plato de vidrio.
La egipcia se inclinó sobre el órgano y lo admiró.
_ Mis ancestros pensaban que en el corazón residían la inteligencia, la conciencia moral y el pensamiento. Decían también que todos los fluidos vitales confluían en él, desde la sangre a las lágrimas pasando por la saliva, la orina, la esperma y la bilis.
_ Falsas creencias, como la de Galeno que sostenía que era el hígado y no el corazón el principal órgano del sistema vascular. Esta noche han podido constatar que esas teorías son pura superchería.
Muy bien, ya no los necesito, pueden retirarse _ y con un leve movimiento de la mano les indicó la salida. Talibah y Manuel sin contradecirlo abandonaron el laboratorio en silencio.
Una vez solo, Imanol reclinado sobre el rostro cerúleo del jurista volvió a repetir las palabras de su admirado escritor italiano, Nicolás Maquiavelo:
_ A los hombres hay que acariciarlos o destruirlos. Y a ti te destruí. Nadie se mofa del marqués de Nájera.




























































































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